martes, 30 de agosto de 2011

Antonio el fino

Se despertó con la señal de las sábanas en la mejilla. En la almohada aún se podían apreciar restos de baba. Por suerte, aquel día no le había caído el moco.

Antonio se definía como un tipo corriente, sin saber exactamente qué significaba aquella palabra. Vivía solo, sin animales de compañía ni plantas dependientes. Estaba soltero, era feo y le faltaba la punta del dedo meñique. Pero no por eso se consideraba alguien normal. La característica que le permitía mezclarse entre la muchedumbre y pasar desapercibido era otra: usaba colonia de mujer.

Antonio era un tipo feo pero fino. Le gustaba pintarse las uñas de los dedos (salvo del que le faltaba un trozo), peinarse hacia delante y después hacia atrás, colorearse el rostro y a veces, cuándo se sentía solo, feo y gordo, se ponía pendientes con imán.

Llegó un día en que Antonio ya no se despertó con la señal de las sábanas en la mejilla. Creo que fue a partir de ese día, sea por usar otro suavizante o tal vez porqué le creció una uña en el dedo amputado, que los vecinos le empezaron a llamar Antonia.


viernes, 19 de agosto de 2011

Parques peligrosos

Un hombre sudoroso con el pelo canoso deambulaba desnudo por el parque. En el tobogán había dos niños peleándose por ver quién se tiraba primero. Sus mamás, todas coquetas, estaban sentadas en un banco cotilleando sobre temas de mujeres. Tal era el nivel de chismeo que ni se percataron del hombre desnudo.

Al ver al hombre, los niños gritaron como si se fuera a acabar el mundo y corrieron hacia sus mamás. Las mujeres siguieron hablando e ignoraron cualquier bramido de sus pequeños rebeldes. El hombre se acercó a la fuente y empezó a lavarse sus partes, algunas con más insistencia que otras.

Era domingo, tocaba el sol en el parque y las palomas no dejaban de quejarse. El hombre canoso, desnudo y mojado se acercó a una de ellas y les dio una patada en el culo. Llegó la revolución. Niños llorando, madres hablando, pájaros volando y un hombre desnudo cagando.

Era otro domingo de agosto.


domingo, 7 de agosto de 2011

Viaje en bus

Se quedó con la barba a medias. Cuchilla rota, qué idiota. Camisa a cuadros, arrugada, mal planchada y con una mancha de chocolate. Pantalones a rallas y sombrero de copa.

El café se había enfriado y las pastas se las estaban comiendo las moscas. Se lo bebió y echó las pastas por el balcón. Con un poco de suerte caerían en la cabeza de algún guiri.

En la parada del autobús había una mujer gorda que ocupaba todo el banco. Se quedó de pie. Tenía pis y el autobús llegaba tarde. Al subirse en el 23 se dio cuenta que se había equivocado de dirección. Se bajó.

Esta vez era el bueno, y afortunadamente estaba menos lleno. Se sentó al lado de un señor con pipa y se durmió en su hombro. El nivel de relajación era tan alto que se acomodó demasiado. Se meó encima.

Tenía el culo empapado, pero estaba cómodo. Llegó su parada y no se bajó. Después de una hora el autobús llegó a su destino. Sólo quedaban dos personas: el señor de la pipa y el del meado.

El conductor abrió todas la puertas y el de la camisa a cuadros, arrugada, con una mancha de chocolate y con el culo mojado se levantó y se bajó. El otro se quedó quieto, con la cabeza apoyada en la ventana. Demasiado frío como para seguir vivo.



miércoles, 3 de agosto de 2011

Cena enfriada

Hay una vela de hierro que se consume en medio de la mesa.

El mantel está bien puesto, ninguna arruga, ninguna mancha de vino negro. Platos cuadrados, copas redondas y cubiertos de plástico. Los invitados no tardarán en llegar.

El sol se refleja en el mar creando una capa más roja que la de Superman. Anochece temprano, hoy alguien quiere que se acabe el día ya. La brisa marina llega hasta la mesa y mueve el mantel ligeramente. La comida se enfría.

La mesa y la sillas se hunden en la arena. Se va el sol. Se va la luz. Nadie llega.

Y apago la vela.