jueves, 22 de noviembre de 2012

La ventana discreta

Eran las 8.06 de la mañana. Pilar se despertaba, ponía los pies en las zapatillas que había al lado de su cama. Se levantaba, suspiraba y pensaba que otro día igual le esperaba. Como cada día hacía la cama, se lavaba la cara, se vestía e iba a desayunar. Un vaso de leche, dos galletas maría y las pastillas que le había recetado su médico.

8.37 Pilar corría las cortinas del comedor, abría la ventana y salía al balcón a regar el jazmín, el geranio, las margaritas y un cactus inmortal.

Veinte minutos antes Ricardo había abierto el ojo izquierdo y a continuación el derecho. Había sacado la mano de entre las sábanas y palpando bruscamente en su mesilla de noche había dado con las gafas de vista. Ricardo se había puesto las gafas mientras se incorporaba de la cama poniendo al mismo tiempo los pies dentro de las zapatillas de andar por casa. Varios minutos había tardado en poder levantarse, ya que con el esfuerzo de encontrar las gafas, ya había consumido la mitad de su energía acumulada. 

Alrededor de las 8.25 bajaba a desayunar a la cocina -justo dos minutos más tarde que Pilar- y después de haberse aseado y haber perdido casi 5 minutos en bajar el tramo de 10 escalones que separaban el primer piso de la planta baja. Ricardo desayunaba una rebanada de pan con mantequilla y un poco de mermelada de tomate, un zumo de naranja y las pastillas que le había recetado su médico.

8.40. Pilar regaba las plantas. Ricardo se sentaba al sillón que había junto a la ventana del comedor y mientras se peinaba los cuatro pelos que le quedaban de su escasa cabellera, miraba por la ventana a Pilar.

Pilar llevaba el vestido verde de flores, un tanto cortito para una mujer de su edad, pensarían muchas. El aire del mar, cálido y húmedo, removía las banderolas de las fiestas que cubrían las calles del pueblo. Ese mismo aire cálido removía el vestido floreado de Pilar permitiendo que desde la casa de enfrente Ricardo pudiese verle las bragas negras.

Ricardo cogía el cuaderno y el lápiz y, como cada día, dibujaba a Pilar. Una mujer bellísima a pesar de su larga edad, sus arrugas le favorecían, y su media melena blanca le transmitían a Ricardo una extraña sensación de placer y paz al mismo tiempo. Aunque Ricardo no la pudiese tocar más que en sus bocetos, Pilar era su mujer.

Las plantas de Pilar y sus arrugas crecían al mismo tiempo que el suelo de la casa de Ricardo se llenaba de bocetos y de cabellos. El tiempo pasaba, los vestidos cambiaban a abrigos, los geranios perdían las flores y Ricardo cada día tardaba más en bajar las escaleras.

Un día, alrededor de las 8.25, como cada día, empezó a bajar las escaleras y de repente se tropezó, suerte que estuvo a tiempo de agarrarse a la barandilla y evitar lo que podría haber sido su final. Ese tropiezo provocó que Ricardo llegase un poco más tarde al sillón del comedor. Se sentó, y mientras se disponía a peinar lo que le quedaba de cabello, miró por la ventana. Miró el reloj de la pared. Volvió a mirar por la ventana. Miró el reloj de su bolsillo. Volvió a mirar por la ventana. Pilar no había salido a regar las plantas, ni siquiera había corrido las cortinas. 

Ricardo no tenía nada que dibujar. Ricardo se pasó todo el día mirando por la ventana, esperando que su musa saliese, pero no salió. Ni el día siguiente. Ni el otro. Ricardo se quedó sentado, esperando, mirando perdidamente el balcón de Pilar. Pero las cortinas no se corrieron nunca más.

Ricardo se quedó sentado, con el lápiz en la mano hasta que se le cayó.



sábado, 27 de octubre de 2012

La habitación del aire

Helio había cogido una cesta pequeña. Después de dar dos vueltas por el supermercado en busca del azúcar, se dirige finalmente a un trabajador de rasgos orientales y le pregunta por el azúcar. Al pasillo de la derecha al lado de los huevos, le contesta amablemente el chico. ¿cómo no lo había visto?

Helio sigue las instrucciones del asiático y se dirige hacia el azúcar. Una joven alta con mini falta se agacha delante de él para coger un paquete de azúcar. Visualmente una escena caliente. Helio se pone nervioso y se le caen las bolsas que lleva en la mano.

"Le ayudo señor" vocaliza la joven de la mini falta girándose hacía Helio. Perplejo, sin palabras, le dice que si queriendo decir que no. La joven sonríe y amablemente se agacha para recoger las bolsas mientras Helio aún embobado se queda mirando el escote. "Está bien señor?" Helio, perplejo, sin más palabras le dice que no queriendo decir que si.

La mujer, la joven de la mini falda, se arrima a Helio y suavemente coloca su mano en el hombro de Helio. "Necesita ayuda? Quiere que le acompañe a algún sitio?" pregunta la joven sin nombre. Y cordialmente añade "creo que le iría bien tomar el aire, acompáñeme". Y cogiéndole por la mano dulcemente le guía el camino a seguir. 

Pasan por el pasillo de los cereales, después por el de los zumos, seguidamente por el de la pasta, las neveras, los congeladores. Helio empieza a temblar. Y curiosamente se alejan de la cajas, por donde supuestamente deberían haber pasado para salir a la calle a tomar el aire. Helio no entiende porque no van hacía fuera, sino al contrario, se adentran en el supermercado, atravesando una puerta donde dice "prohibido el paso a toda persona aliena a esta empresa". Y debajo añadido en rotulador negro "solo personal autorizado". Y un poquito más abajo, Helio puede identificar un dibujo pequeñito de un pene.

Atraviesan un pasillo con poca luz, apenas dos luces de emergencia en la pared de la derecha. Helio piensa que quizás tengan una salida más rápida hacia la calle o quizás una sala para tomar el aire. La joven de la mini falda, que sigue agarrando la mano de Helio, se gira hacia él y con una mirada cómplice le sonríe antes de abrir una puerta.

La habitación del aire. Una habitación sin ventana, un sofá, una mesa con una silla y un lámpara de pie. Helio piensa que todo es muy surrealista. La joven de la mini falda cierra la puerta, mira el reloj, se desnuda y mira a Helio diciéndole que se apresure.

La habitación del aire se queda por momentos sin aire. 5 minutos de reloj los cuales Helio podría haber invertido cogiendo el azúcar, las patatas fritas, el zumo de tomate, los champiñones en conserva y el pan de molde. Pero en vez de esto está desnudo con una mujer en una sala de un supermercado.

El aire se termina y la mujer se viste rápidamente. "Sal por donde hemos entrado" dice la joven y sale por la puerta. Helio se queda un minuto observando la habitación y después sale. El supermercado sigue igual, pasa por el lado del trabajador de rasgos asiáticos quién le sonríe y misteriosamente le guiña el ojo. Helio sigue andando, cruza todo el supermercado, pasa por la puerta de "salida sin compra", se abrocha la chaqueta, respira hondo, mira la hora, mira hacia el cielo, pone las manos en los bolsillos del vaquero y empieza a andar. 

A los cuatro pasos se da cuenta que tiene un papel en el vaquero, lo saca y ve una nota que pone "Siempre que quieras en el pasillo del azúcar. Si no estoy allí pregunta al asiático por mi. F.".


jueves, 27 de septiembre de 2012

El intercambio

El cristal de la copa se rompió en mil pedazitos. Morgano pensó que había sido consecuencia de su estornudo. Pero Morgana sabía que había sido su abuelo, desde la otra habitación, quién le había dado fuerte con el taladro para intentar colgar el cuadro de Felipe VII. 

El estornudo de Morgano duró aquellos escasos segundos, inconexos con la realidad, pero suficientes para que un mosquito te pique. Aquella milésima de segundo en que todo se mueve, el vaso se derrama, la comida se te cae, o las palabras se te traban.

Pero el estornudo de Morgano no era lo más importante en aquella casa. El cuadro que estaba intentando colgar el abuelo tenía más de 100 años, era claramente una relíquia. Morgana pensaba como robarlo y venderlo al mercado negro sacando así una considerable suma de dinero que le permitira operarse lo pechos. Aumentarse alguna talla de más y satisfacer a Morgano que parecía haberse perdido en medio de un estornudo perpetuo.

Era evidente que la solución regía en el cuadro añejo. Morgana veía posible el intercambio que satisfacería esas manos de baloncesista, ya un poco viejas pero ociosas por poder agarrar de nuevo unos buenos balones.

Viernes por la noche. El abuelo descansaba su culo sobre el sofá verde del salón. Miraba la tele desapasionadamente. Con una mano sujetaba su cabeza que parecía no poder aguantarse por si sola; y con la otra movía el dedo índice sobre el mando a distancia de la tele, para hacer zapping o zappinguear, como solía decir.

Morgana aprovechó la situación para coger el cuadro de Felipe VII que se encontraba en la habitación contigua. 'Voy a casa Conchi un momento', dijo Morgana ya saliendo de casa. Morgano conocía bien que significaba la expresión "casa de Conchi", se trataba de una clave que tenían para decir que Morgana iba a vender alguna de las antigüedades del abuelo, altamente valoradas. Ese intercambio del cuadro no era el primero ni seria el último.

Morgano y Morgana, aquel matrimonio aparentemente normal, generoso por cuidar del abuelo, felices y sin hijos. Un matrimonio unido, que conjuntamente habían creado aquella perfecta apariencia: unos cuerpos perfectos, una casa de ensueño, un yate, un descapotable, vacaciones anuales, una casa de campo, otra en la montaña, un perro, un gato, y decenas de objetos lujosos que habían conseguido gracias al "intercambio".

Un intercambio que se daba progresivamente, a medida que el abuelo -dueño de todas aquellas relíquias- iba perdiendo memoria, o dicho de otro modo, se iba perdiendo en su enfermedad terminal.


sábado, 14 de abril de 2012

Coincidencias apestosas

Cada día que Virginia Bolos sacaba a pasear a Mula, su perra Cocker Spaniel de 2 años y medio, un pájaro se cagaba en su cabeza. Pasó una semana y Virginia se planteó salir un minuto más tarde para que la mierda cayese antes, y en vez de pisar la mierda a ella, que fuese ella quién pisase a la mierda.

De ese modo, siguiendo su propia teoría, el día siguiente salió un minuto más tarde, y el pájaro lo volvió a hacer. Virginia pensó que quizás un minuto era poco tiempo, y el día siguiente salió dos minutos más tarde de lo habitual. El pájaro lo volvió a hacer.

Parecía que a medida que se acercaba el verano, que el sol se ponía un minuto más tarde, el pájaro -quién tenía marcado un horario solar para hacer sus necesidades- también lo "ponía" un minuto después. Pero esto, Virginia no lo sabía. Ella pensaba que era el azar quién destinaba esa mierda en su cabeza, o que era más bien una cuestión de gustos, de los gustos de los pájaros. Pensaba que su cabeza les gustaba, 'quizás sea el champú. Mañana compraré otro', dijo mientras subía el ascensor.

La mañana siguiente, Virginia volvió a bajar un minuto más tarde que el día anterior, y justamente cuando iba a cruzar la calle para ir al supermercado a por su nuevo champú, un niño salió disparado detrás de una pelota y justo cuando se agachó para recogerla, un pájaro se le cagó en la nuca. Virginia observó el hecho desde la distancia y sin poder evitarlo una sonrisa enorme se dibujó en su cara, miró hacia el cielo y vio como el maldito pájaro se iba volando.

Ambos se acordarían toda la vida de aquel día, Virginia porqué no cambió de champú, y Miguel, el niño de la pelota, porqué sus amigos le pusieron el mote de Miguerda.



domingo, 11 de marzo de 2012

El círculo perfecto

Diana nació un día de luna llena, hecho que, según sus padres, condicionó su vida desde el primer momento. Quizás no podamos decir desde el primer momento, ya qué su criterio no lo pudo imponer hasta que no aprendió a coger las cosas con las manos y seleccionarlas.

Ese criterio selectivo se acentuó a partir de ese momento en que su culo empezó a despegarse del suelo por voluntad propia. Indudablemente fue un gran paso, no solo para ella, sino también para sus padres, orgullosos de cualquier acto de progreso por parte de Diana.El poder andar le proporcionó un gran abanico de objetos nuevos. Ese lujo de poder acceder a los cajones superiores, inspeccionar dentro de ellos y encontrar lo que buscaba.

Hoy, por primera vez desde que se conocen, Juan se ha dado cuenta de aquello que sus padres se percataron cuando Diana era pequeña. Ha sido exactamente en el momento que Diana le ha servido el almuerzo: un plato con guisantes, un huevo perfectamente redondo y cuatro bolitas de sobrasada amasadas por la propia Diana, que con el paso por el microondas se habían desecho dejando un buenísimo jugo que Juan iba a mojar en breves con su pan, evidentemente, redondo.

Mientras Juan estaba observando el plato, Diana seguía lavando los platos de espaldas a él. Justo las 14.00 cuando Juan ha visto que la harmonía del plato que se iba a comer no era pura casualidad. Diana era una mujer de una belleza incalculable que eclipsó a Juan desde el primer día que se conocieron, y eso había hecho que Juan no se diera cuenta de todo lo que le rodeaba.

14.01. Apenas ha tardado un minuto en darse cuenta que casi toda la cocina estaba compuesta por objetos circulares. La mesa, las sillas, los platos. Juan se sentía tonto, ni siquiera se había dado cuenta que tenían una nevera redonda. Tenía delante un plato que olía muy bien, y justo enfrente una mujer a la que quería muchísimo, no quería ni imaginar cuantas sorpresas podía encontrar al cruzar la puerta de la cocina y adentrarse en el salón. Ni imaginar cuantas más cosas en forma de círculo había en su dormitorio además de la cama en la que habían hecho el amor miles de veces, y que justamente ahora se daba cuenta que, sí, era redonda.

Quizás solo fue una coincidencia que Diana naciera en luna llena y que sus padres decidieron darle ese nombre tan redondo, indudablemente dieron en la diana. Pero Juan estaba hambriento, tenía mala puntería, y precisamente esta mañana no ha querido arriesgarse a hablar y romper ese círculo tan perfecto en el que vivía.



martes, 14 de febrero de 2012

Los tesoros de Marco

Todos los juguetes de Marco estaban fuera de su sitio. Pero cuál era el buen sitio? Según su padre en el baúl, según su madre en el cubo de plástico y según su hermano pequeño en el suelo de la habitación. Quizás por eso Marco los escondía en los lugares más insólitos de la casa.

A menudo se escuchaban gritos de su madre al encontrar una araña en un cajón, un dinosaurio en el congelador, Spidermans colgando de las lámparas, entre otros. La incertidumbre de encontrarse un ser inanimado en el sitio menos esperado le ponía bastante de los nervios a la mamá. Pero por lo menos los juguetes no estaban tirados por el suelo, pensaba, y el niño, si más no, estaba entretenido.

No era Marco Polo, pero su afán explorador le llevó a dibujar un mapa de su casa donde decía exactamente dónde estaba cada juguete y el día que lo había escondido. Con una cruz marcaba los que aún estaban por encontrar, con un círculo los que había encontrado mamá y con un cuadrado los de papá (de esos había pocos).

En los años, aquella casa se convirtió en una gran casa del tesoro. Había juguetes escondidos en sitios inimaginables y que quizás nadie nunca llegaría a encontrar. Llegó un momento que a mamá ya no le extrañaba encontrarse un playmobil dentro del azúcar o un barquito en la cisterna del water.

Aquello era normal en casa de los Leopoldo Maltés. Era tan normal que Marco organizaba actividades para sus amigos, para pasar la tarde, donde había que encontrar diferentes objetos con un tiempo limitado y dónde el ganador se llevaba lo encontrado. Había colas larguísimas de niños que querían entrar. Todo el mundo quería ser amigo de Marco.

Dicen los vecinos que había tantos juguetes escondidos que cuando Marco terminó la universidad aún iban niños, y no tan niños, a jugar. Algunos de los privilegiados cuentan que iban por curiosidad, otros por las reliquias que podían encontrarse, algunas de coleccionista, y otros aseguran que iban por las magdalenas que preparaba su mamá.



martes, 7 de febrero de 2012

Zumo de tomate sin color

Aún no habían tocado las 4 de la tarde, era un lunes festivo y estaba lloviendo a bots i a barrals que dicen los catalanes. La tele apestaba más que el pienso del perro.

Estaba solo porqué era un cabrón y se lo merecía (eso lo digo yo, porqué él no se había dado cuenta). Y no había nada que le diera más placer que joder a la gente. Él era así. Un hombre de pocas palabras pero con las ideas muy claras. Era difícil de convencer, para qué engañarnos.

Cuándo llovía, le gustaba ver películas de Charles Chaplin y mientras tanto beber zumo de tomate. Lloraba fácilmente. También bebía mucho zumo de tomate. Y además se sabía todas las películas mudas de memoria. Le gustaban. Le encantaban, porqué nadie hablaba. Eran su reflejo más claro, tan claro que ni siquiera tenían color.

No se sabe exactamente si era la persona más sola del mundo, porqué en su casa vivían miles de bichos. Algunos de ellos parecían especies nacidas para vivir allí, salidas de entre restos de zumos de tomate, olor a tabaco y sudor humano.

Todo el mundo atribuyó su muerte al diluvio que cayó durante 20 días, hecho por el que según mi parecer debía de haber estado preparado. En su despensa había más Tetra briks de zumo que en el supermercado de la esquina. Su estantería estaba llena de VHS mudos. Todo perfecto para una larga sesión de lluvia.

Se lo encontró la limpiadora de la escalera una tarde que llovía a cántaros, que dicen los castellanos. La peste a podrido se olía desde el rellano y mezclado con el olor de lluvia no era precisamente cocido de la abuela. El estado de la casa era deplorable, los bichos se habían apoderado de ella y de ello.

Estaba aparentemente solo. Estuvo siempre solo, pero nadie supo si su soledad fue interior. Ni siquiera lo supe yo.