domingo, 20 de diciembre de 2015

Noche de navidad en Frkjäm

Una carretera recta sin cruces durante aproximadamente 3km conducía al pequeño pueblo de Frkjäm. Pocos coches transitaban por esa carretera de un único sentido, sin salida y que solo llevaba a una parte: a Frkjäm. Los pueblos son conglomeraciones de casas, familias y animales que viven en un rocambolesco mapa que nunca ha estado pensado para facilitar las comunicación. Los coches no tienen cabida, las telecomunicaciones son nulas y el bar es el centro de información. Los habitantes agradecen tener una carretera que cruce el pueblo, siempre que haya un banco bien situado que permita contemplar la escena y decir cada uno la suya. Sin embargo, si una carretera no cruza el pueblo sino que solo llega hasta él, el flujo de personas, coches y telecomunicaciones se reduce considerablemente. 

Nota de Jubilee, 10.35 del 28.02.13, Primera impresión de Frkjäm.

El ejército de pelirrojos vestidos con gorro de lana, jersey de cola de caballo y zapatos de payaso adictos al perfume de mujer, llegaron. Se desconoce si el gps se perdió. Existe el punto donde se va la cobertura. El coche continuó exactamente 1h y 12 minutos después de que nadie supiese dónde estaban y aún menos donde iban.

El banco como mobiliario seguía allí. El pueblo como conglomeración ni se movió de allí. La carretera sin cruces ni gasolineras llevó a los pelirrojos a Frkjäm. Era navidad. Alguien se había encargado de decorar las dos calles del pueblo con luces azules. En el bar se servía cena especial.

La puerta del bar se abrió. Cuatro individuos pelirrojos la atravesaron y cruzaron los 3 metros que separan la puerta de la barra. En el bar había 6 mesas, 4 de la cuales estaban vacías de personas, pero llenas de polvo. En una de ellas reposaba un vaso opaco que de vez en cuando lo acariciaba una mano peluda de un hombre que se ocultaba detrás de un sombrero verde. Verde como el moho que reposaba en el fondo de la taza de la mujer sentada dos metros más a la derecha. Nadie se acuerda que hubo en su interior.

Los cuatro pelirrojos fueron directos a la barra. Un hombre lentamente se acercó a preguntar: quieren algo? Cuatro whiskies, por favor- dijo el más bajo de ellos. El hombre de la mano peluda se sacó el sombrero. Su pelo tenía forma de sombrero. Focalizó rápidamente hacia la barra.

Hacía tanto tiempo que nadie había llegado a la ciudad, y mucho menos entrado en el bar que ni siquiera las palabras tenían voz. El hombre lento de detrás la barra empezó a sacar comida. Era navidad.  Los platos sobre la mesa se enganchaban. El polvo había creado una barrera antideslizante. La madera de la mesas había cambiado de color. El bar olía a sudor hasta que empezó a salir la comida y el ambiente dejo de enfriarse.

Las 9 de la noche. Una señora vestida con un camisón de franela abrió la puerta sigilosamente. Dos minutos después entró un hombre con un taca-taca a una velocidad espeluznante, venía para el postre. La puerto no se cerró. Dos gemelas vestidas cromáticamente igual llegaron. Un varón que parecía más joven que el resto se sentó al lado del hombre del cabello en forma de sombrero, y de las manos peludas. Llevaba un bolso de mujer de donde sacó un bola de cristal.

El hombre de detrás de la barra no paraba de sacar comida. La puerta seguía sin cerrarse. Las sillas empezaban a cambiar de posición mientras a su paso dejaban el suelo a topos. Entonces la puerta del baño se abrió. Una mujer con una pinta horrible y un acordeón salió de ella. Nadie sabe cuanto tiempo llevaba allí. El acordeón a penas sonaba. Pero el ruido de los cubiertos sobre los platos era tan fuerte que nadie se dio cuenta de lo desafinado que estaba el acordeón.

Los cuatro pelirrojos seguían sentados en su mesa cuadrada, mientras los 4 whiskies se convertían en aire. Observando la escena. Escuchando la escena. El más bajo de todos les hizo una señal, se levantó y los otros 3 le siguieron para abandonar sigilosamente el bar.

Era navidad. La noche era cálida, hecho raro. Subieron al coche. Salieron del pueblo por el mismo sitio por donde habían llegado, pues, no había más carretera. El banco como mobiliario seguía allí. Siguieron recto dejando atrás el cartel de Frkjäm hasta que llegaron al lugar donde horas antes perdieron la cobertura. La radio empezó a sonar con "After the fall" de Grant Nicholas. El pelirrojo bajo, el que pidió los whiskies, el que hizo el guiño, el que conducía, empezó a cantar. Los otros tres, simplemente, hicieron los coros mientras se alejaban de un pueblo que simplemente, no salía en los mapas.



Nota de Jubilee, 20.30 del 20.12.15, Segunda y última impresión de Frkjäm.


lunes, 11 de febrero de 2013

Alejandría


"Se venden reflejos deseados. Cristalería", esto es lo que se podía leer en la gran fachada, escrito en letras mayúsculas y ocupando gran parte de la planta baja. Era la tienda de Alejandro.

El trabajo de vendedor de deseos, tal como el pueblo lo conocía, no fue un trabajo buscado. En los años 20, el abuelo de Alejandro emprendió el oficio, siendo entonces una tienda novedosa, expectante y llena de leyendas e historias, que sin buscarlo atrajo a residentes, pasajeros y de vez en cuando algún despistado que buscaba un lugar donde confesar sus pecados.

Aquellos que conocían la historia y la tienda sabían bien que ser vendedor de deseos no era una cosa que cualquiera pudiese llegar a ser, es más, eso se llevaba en la sangre, se nacía, y por lo tanto, se pasaba de generación en generación.

Alejandro, el tercero de su especie, viudo, sin hijos y que compartía un ático sin ascensor con un perro ciego, había dedicado los últimos 15 años de su vida intentando vender realidades ilusas. Abogados, joyeros, basureros, enólogos, médicos, forenses, cocineros, astrónomos y cientos de perfiles diferentes habían pasado por su tienda en busca de una vida mejor. Una vida posible que podías conseguir en: "Alejandría: la tienda donde puedes conseguir lo que siempre has querido".

Hay pueblos donde la gente va por su excelente gastronomía, otros donde los viajeros se paran a contemplar las obras arquitectónicas, también hay pueblos donde los curiosos se acercan a conocer dónde han nacido o vivido grandes personajes famosos: actores, futbolistas o poetas. El pueblo de la Cristalería, sin embargo, no era como ninguno de los anteriores pueblos, no era bonito, no se comía bien (salvo en Casa Conchi) y ni siquiera nadie famoso había pasado nunca. 

Era un pueblo sin muchos coches, con la mayoría de calles sin alquitranar, con dos o tres comercios, sin Internet y donde el gallo servía de despertador para todos. Pero allí estaba la Cristalería, donde vendían toda clase de objetos hechos de cristal: tazas, copas, cuchillos, jarras, llaveros, etc.  Alejandro sabía que todos esos objetos estaban llenos de polvo, ya que hacía más de 15 años que estaban allí porqué nadie los había comprado. Servían para decorar, para llenar.

Sin embargo, la tienda era famosa por "la venta de los reflejos deseados". Todo el mundo quedaba asombrado de los poderes mágicos de aquellos espejos y de la capacidad de Alejandro. Nada más entrar por la puerta, él sabia cual era el problema del cliente, le hacía 4 preguntas para quedar bien y asegurar el tiro, y seguidamente le hacía pasar a la trastienda donde tenía una gran sala llena de espejos de todos los tamaños. Le indicaba que espejo era el más adecuado según su impresión y les decía siempre "Relájase y piense en lo que le gustaría ver. Le dejo solo. Vuelvo en 10 minutos." 

Mirarse en el espejo era como ver una película donde tú eras el director, guionista y actor.

Una vez escogido el espejo, Alejandro les enseñaba el catálogo de marcos y formas disponibles, aún así, había la posibilidad de personalizarlo pagando un plus. La Cristalería llegó a ser tan famosa que salía en la guía "le routard".

"Se _enden refl__os dese_dos. _rist_lería", esto es lo que hoy se podía leer en la gran fachada, escrito en letras mayúsculas y ocupando gran parte de la planta baja. Fue la tienda de Alejandro. El último de su generación. Su abuelo había visto nacer a su padre en esa misma tienda donde Alejandro murió la tarde del gran terremoto. Todo el pueblo se acordaba de aquel fatídico día. En Casa Conchi, las lentejas que tenía en el fuego acabaron por el suelo, pero eso no fue nada en comparación de lo que pasó en Alejandría. 

Las tazas, copas, cuchillos, jarras, llaveros y miles de objetos hechos de cristal empezaron a caerse como dagas voladoras. Alejandro estaba dentro, y lo que pasó en el interior fue como agitar una cajita de chinchetas a grande escala. Nadie lo vio.





jueves, 22 de noviembre de 2012

La ventana discreta

Eran las 8.06 de la mañana. Pilar se despertaba, ponía los pies en las zapatillas que había al lado de su cama. Se levantaba, suspiraba y pensaba que otro día igual le esperaba. Como cada día hacía la cama, se lavaba la cara, se vestía e iba a desayunar. Un vaso de leche, dos galletas maría y las pastillas que le había recetado su médico.

8.37 Pilar corría las cortinas del comedor, abría la ventana y salía al balcón a regar el jazmín, el geranio, las margaritas y un cactus inmortal.

Veinte minutos antes Ricardo había abierto el ojo izquierdo y a continuación el derecho. Había sacado la mano de entre las sábanas y palpando bruscamente en su mesilla de noche había dado con las gafas de vista. Ricardo se había puesto las gafas mientras se incorporaba de la cama poniendo al mismo tiempo los pies dentro de las zapatillas de andar por casa. Varios minutos había tardado en poder levantarse, ya que con el esfuerzo de encontrar las gafas, ya había consumido la mitad de su energía acumulada. 

Alrededor de las 8.25 bajaba a desayunar a la cocina -justo dos minutos más tarde que Pilar- y después de haberse aseado y haber perdido casi 5 minutos en bajar el tramo de 10 escalones que separaban el primer piso de la planta baja. Ricardo desayunaba una rebanada de pan con mantequilla y un poco de mermelada de tomate, un zumo de naranja y las pastillas que le había recetado su médico.

8.40. Pilar regaba las plantas. Ricardo se sentaba al sillón que había junto a la ventana del comedor y mientras se peinaba los cuatro pelos que le quedaban de su escasa cabellera, miraba por la ventana a Pilar.

Pilar llevaba el vestido verde de flores, un tanto cortito para una mujer de su edad, pensarían muchas. El aire del mar, cálido y húmedo, removía las banderolas de las fiestas que cubrían las calles del pueblo. Ese mismo aire cálido removía el vestido floreado de Pilar permitiendo que desde la casa de enfrente Ricardo pudiese verle las bragas negras.

Ricardo cogía el cuaderno y el lápiz y, como cada día, dibujaba a Pilar. Una mujer bellísima a pesar de su larga edad, sus arrugas le favorecían, y su media melena blanca le transmitían a Ricardo una extraña sensación de placer y paz al mismo tiempo. Aunque Ricardo no la pudiese tocar más que en sus bocetos, Pilar era su mujer.

Las plantas de Pilar y sus arrugas crecían al mismo tiempo que el suelo de la casa de Ricardo se llenaba de bocetos y de cabellos. El tiempo pasaba, los vestidos cambiaban a abrigos, los geranios perdían las flores y Ricardo cada día tardaba más en bajar las escaleras.

Un día, alrededor de las 8.25, como cada día, empezó a bajar las escaleras y de repente se tropezó, suerte que estuvo a tiempo de agarrarse a la barandilla y evitar lo que podría haber sido su final. Ese tropiezo provocó que Ricardo llegase un poco más tarde al sillón del comedor. Se sentó, y mientras se disponía a peinar lo que le quedaba de cabello, miró por la ventana. Miró el reloj de la pared. Volvió a mirar por la ventana. Miró el reloj de su bolsillo. Volvió a mirar por la ventana. Pilar no había salido a regar las plantas, ni siquiera había corrido las cortinas. 

Ricardo no tenía nada que dibujar. Ricardo se pasó todo el día mirando por la ventana, esperando que su musa saliese, pero no salió. Ni el día siguiente. Ni el otro. Ricardo se quedó sentado, esperando, mirando perdidamente el balcón de Pilar. Pero las cortinas no se corrieron nunca más.

Ricardo se quedó sentado, con el lápiz en la mano hasta que se le cayó.



sábado, 27 de octubre de 2012

La habitación del aire

Helio había cogido una cesta pequeña. Después de dar dos vueltas por el supermercado en busca del azúcar, se dirige finalmente a un trabajador de rasgos orientales y le pregunta por el azúcar. Al pasillo de la derecha al lado de los huevos, le contesta amablemente el chico. ¿cómo no lo había visto?

Helio sigue las instrucciones del asiático y se dirige hacia el azúcar. Una joven alta con mini falta se agacha delante de él para coger un paquete de azúcar. Visualmente una escena caliente. Helio se pone nervioso y se le caen las bolsas que lleva en la mano.

"Le ayudo señor" vocaliza la joven de la mini falta girándose hacía Helio. Perplejo, sin palabras, le dice que si queriendo decir que no. La joven sonríe y amablemente se agacha para recoger las bolsas mientras Helio aún embobado se queda mirando el escote. "Está bien señor?" Helio, perplejo, sin más palabras le dice que no queriendo decir que si.

La mujer, la joven de la mini falda, se arrima a Helio y suavemente coloca su mano en el hombro de Helio. "Necesita ayuda? Quiere que le acompañe a algún sitio?" pregunta la joven sin nombre. Y cordialmente añade "creo que le iría bien tomar el aire, acompáñeme". Y cogiéndole por la mano dulcemente le guía el camino a seguir. 

Pasan por el pasillo de los cereales, después por el de los zumos, seguidamente por el de la pasta, las neveras, los congeladores. Helio empieza a temblar. Y curiosamente se alejan de la cajas, por donde supuestamente deberían haber pasado para salir a la calle a tomar el aire. Helio no entiende porque no van hacía fuera, sino al contrario, se adentran en el supermercado, atravesando una puerta donde dice "prohibido el paso a toda persona aliena a esta empresa". Y debajo añadido en rotulador negro "solo personal autorizado". Y un poquito más abajo, Helio puede identificar un dibujo pequeñito de un pene.

Atraviesan un pasillo con poca luz, apenas dos luces de emergencia en la pared de la derecha. Helio piensa que quizás tengan una salida más rápida hacia la calle o quizás una sala para tomar el aire. La joven de la mini falda, que sigue agarrando la mano de Helio, se gira hacia él y con una mirada cómplice le sonríe antes de abrir una puerta.

La habitación del aire. Una habitación sin ventana, un sofá, una mesa con una silla y un lámpara de pie. Helio piensa que todo es muy surrealista. La joven de la mini falda cierra la puerta, mira el reloj, se desnuda y mira a Helio diciéndole que se apresure.

La habitación del aire se queda por momentos sin aire. 5 minutos de reloj los cuales Helio podría haber invertido cogiendo el azúcar, las patatas fritas, el zumo de tomate, los champiñones en conserva y el pan de molde. Pero en vez de esto está desnudo con una mujer en una sala de un supermercado.

El aire se termina y la mujer se viste rápidamente. "Sal por donde hemos entrado" dice la joven y sale por la puerta. Helio se queda un minuto observando la habitación y después sale. El supermercado sigue igual, pasa por el lado del trabajador de rasgos asiáticos quién le sonríe y misteriosamente le guiña el ojo. Helio sigue andando, cruza todo el supermercado, pasa por la puerta de "salida sin compra", se abrocha la chaqueta, respira hondo, mira la hora, mira hacia el cielo, pone las manos en los bolsillos del vaquero y empieza a andar. 

A los cuatro pasos se da cuenta que tiene un papel en el vaquero, lo saca y ve una nota que pone "Siempre que quieras en el pasillo del azúcar. Si no estoy allí pregunta al asiático por mi. F.".


jueves, 27 de septiembre de 2012

El intercambio

El cristal de la copa se rompió en mil pedazitos. Morgano pensó que había sido consecuencia de su estornudo. Pero Morgana sabía que había sido su abuelo, desde la otra habitación, quién le había dado fuerte con el taladro para intentar colgar el cuadro de Felipe VII. 

El estornudo de Morgano duró aquellos escasos segundos, inconexos con la realidad, pero suficientes para que un mosquito te pique. Aquella milésima de segundo en que todo se mueve, el vaso se derrama, la comida se te cae, o las palabras se te traban.

Pero el estornudo de Morgano no era lo más importante en aquella casa. El cuadro que estaba intentando colgar el abuelo tenía más de 100 años, era claramente una relíquia. Morgana pensaba como robarlo y venderlo al mercado negro sacando así una considerable suma de dinero que le permitira operarse lo pechos. Aumentarse alguna talla de más y satisfacer a Morgano que parecía haberse perdido en medio de un estornudo perpetuo.

Era evidente que la solución regía en el cuadro añejo. Morgana veía posible el intercambio que satisfacería esas manos de baloncesista, ya un poco viejas pero ociosas por poder agarrar de nuevo unos buenos balones.

Viernes por la noche. El abuelo descansaba su culo sobre el sofá verde del salón. Miraba la tele desapasionadamente. Con una mano sujetaba su cabeza que parecía no poder aguantarse por si sola; y con la otra movía el dedo índice sobre el mando a distancia de la tele, para hacer zapping o zappinguear, como solía decir.

Morgana aprovechó la situación para coger el cuadro de Felipe VII que se encontraba en la habitación contigua. 'Voy a casa Conchi un momento', dijo Morgana ya saliendo de casa. Morgano conocía bien que significaba la expresión "casa de Conchi", se trataba de una clave que tenían para decir que Morgana iba a vender alguna de las antigüedades del abuelo, altamente valoradas. Ese intercambio del cuadro no era el primero ni seria el último.

Morgano y Morgana, aquel matrimonio aparentemente normal, generoso por cuidar del abuelo, felices y sin hijos. Un matrimonio unido, que conjuntamente habían creado aquella perfecta apariencia: unos cuerpos perfectos, una casa de ensueño, un yate, un descapotable, vacaciones anuales, una casa de campo, otra en la montaña, un perro, un gato, y decenas de objetos lujosos que habían conseguido gracias al "intercambio".

Un intercambio que se daba progresivamente, a medida que el abuelo -dueño de todas aquellas relíquias- iba perdiendo memoria, o dicho de otro modo, se iba perdiendo en su enfermedad terminal.


sábado, 14 de abril de 2012

Coincidencias apestosas

Cada día que Virginia Bolos sacaba a pasear a Mula, su perra Cocker Spaniel de 2 años y medio, un pájaro se cagaba en su cabeza. Pasó una semana y Virginia se planteó salir un minuto más tarde para que la mierda cayese antes, y en vez de pisar la mierda a ella, que fuese ella quién pisase a la mierda.

De ese modo, siguiendo su propia teoría, el día siguiente salió un minuto más tarde, y el pájaro lo volvió a hacer. Virginia pensó que quizás un minuto era poco tiempo, y el día siguiente salió dos minutos más tarde de lo habitual. El pájaro lo volvió a hacer.

Parecía que a medida que se acercaba el verano, que el sol se ponía un minuto más tarde, el pájaro -quién tenía marcado un horario solar para hacer sus necesidades- también lo "ponía" un minuto después. Pero esto, Virginia no lo sabía. Ella pensaba que era el azar quién destinaba esa mierda en su cabeza, o que era más bien una cuestión de gustos, de los gustos de los pájaros. Pensaba que su cabeza les gustaba, 'quizás sea el champú. Mañana compraré otro', dijo mientras subía el ascensor.

La mañana siguiente, Virginia volvió a bajar un minuto más tarde que el día anterior, y justamente cuando iba a cruzar la calle para ir al supermercado a por su nuevo champú, un niño salió disparado detrás de una pelota y justo cuando se agachó para recogerla, un pájaro se le cagó en la nuca. Virginia observó el hecho desde la distancia y sin poder evitarlo una sonrisa enorme se dibujó en su cara, miró hacia el cielo y vio como el maldito pájaro se iba volando.

Ambos se acordarían toda la vida de aquel día, Virginia porqué no cambió de champú, y Miguel, el niño de la pelota, porqué sus amigos le pusieron el mote de Miguerda.



domingo, 11 de marzo de 2012

El círculo perfecto

Diana nació un día de luna llena, hecho que, según sus padres, condicionó su vida desde el primer momento. Quizás no podamos decir desde el primer momento, ya qué su criterio no lo pudo imponer hasta que no aprendió a coger las cosas con las manos y seleccionarlas.

Ese criterio selectivo se acentuó a partir de ese momento en que su culo empezó a despegarse del suelo por voluntad propia. Indudablemente fue un gran paso, no solo para ella, sino también para sus padres, orgullosos de cualquier acto de progreso por parte de Diana.El poder andar le proporcionó un gran abanico de objetos nuevos. Ese lujo de poder acceder a los cajones superiores, inspeccionar dentro de ellos y encontrar lo que buscaba.

Hoy, por primera vez desde que se conocen, Juan se ha dado cuenta de aquello que sus padres se percataron cuando Diana era pequeña. Ha sido exactamente en el momento que Diana le ha servido el almuerzo: un plato con guisantes, un huevo perfectamente redondo y cuatro bolitas de sobrasada amasadas por la propia Diana, que con el paso por el microondas se habían desecho dejando un buenísimo jugo que Juan iba a mojar en breves con su pan, evidentemente, redondo.

Mientras Juan estaba observando el plato, Diana seguía lavando los platos de espaldas a él. Justo las 14.00 cuando Juan ha visto que la harmonía del plato que se iba a comer no era pura casualidad. Diana era una mujer de una belleza incalculable que eclipsó a Juan desde el primer día que se conocieron, y eso había hecho que Juan no se diera cuenta de todo lo que le rodeaba.

14.01. Apenas ha tardado un minuto en darse cuenta que casi toda la cocina estaba compuesta por objetos circulares. La mesa, las sillas, los platos. Juan se sentía tonto, ni siquiera se había dado cuenta que tenían una nevera redonda. Tenía delante un plato que olía muy bien, y justo enfrente una mujer a la que quería muchísimo, no quería ni imaginar cuantas sorpresas podía encontrar al cruzar la puerta de la cocina y adentrarse en el salón. Ni imaginar cuantas más cosas en forma de círculo había en su dormitorio además de la cama en la que habían hecho el amor miles de veces, y que justamente ahora se daba cuenta que, sí, era redonda.

Quizás solo fue una coincidencia que Diana naciera en luna llena y que sus padres decidieron darle ese nombre tan redondo, indudablemente dieron en la diana. Pero Juan estaba hambriento, tenía mala puntería, y precisamente esta mañana no ha querido arriesgarse a hablar y romper ese círculo tan perfecto en el que vivía.