domingo, 25 de septiembre de 2011

Cosas de niños

Federico tenía una canica. Era la última que le quedaba después de haber perdido todas sus canicas en el patio del colegio. No las perdió jugando. Él era un niño muy reservado, nunca le había gustado jugar.

Todo pasó antes de que sonara el timbre.

Alicia tenía una Barbie. No era ni la primera ni la última que tendría. Ella era una niña muy dulce, aunque nunca le habían gustado los dulces. A sus 7 años se encontró con Federico.

Él era un niño muy nervioso y perdió los nervios. Alicia era muy guapa, de grande seguro que sería modelo. Fue aquel 5 de enero cuando, en medio de esa lluvia húmeda, se conocieron. Él corría con los bolsillos llenos de canicas, ella peinaba a su Barbie.

El niño no es que no llevara gafas, porqué de ver, veía bien. Fue más porqué iba mirando hacia atrás, y por eso chocaron. Aquello no fue un amor a primera vista, porqué Federico a penas la pudo mirar. Todas sus canicas cayeron en el patio, y el niño que le perseguía se apropió de ellas descaradamente.

Federico se quedó perplejo y solo supo decir "pe per dón". Y siguió caminando con la única canica que le había quedado.

Años más tarde cuando se acostaron por primera vez Alicia ni se acordaba de aquel día.



sábado, 17 de septiembre de 2011

La increíble historia de Zapatón

A la bota de Hermenegilda siempre le faltaba un cordón. Esas eran cosas que nunca entendió. Por qué siendo hija de un zapatero siempre iba con zapatos viejos y estropeados. Ella no era la única afectada. Su abuela murió descalza y su hermano pequeño llevaba sus zapatos de tacones.

Eduardo el Zapatón le llamaban a su padre. Ese era un mote que le sacaron cuándo Hermenegilda todavía no había nacido, y como no se atrevía a preguntarle a su papá por qué le llamaban así, nunca lo supo. Por consecuencia ella era la Zapatona.

Eduardo murió hace mucho tiempo. Era un hombre un tanto mayor, padre de 12 niñas y un niño que llevaba zapatos de tacones.

La familia acabó harta de los Zapatos, de Zapatón, Zapatona, Zapatiña, Zapatiliña, Zapi, Zape, Zapona, y miles de motes que les habían puesto a todas y a cada una de las niñas de Eduardo y al niño con tacones. Supongamos que fue por eso que en el funeral de Eduardo todos fueron descalzos.

Después de la muerte del patriarca, la familia vendió el taller de zapatos. Las voces del pueblo dicen que lo compró una multinacional llamada Cambell o Campell, o algo por el estilo. También se habla sobre la misteriosa desaparición de los todos miembros de la familia. Nadie sabe dónde fueron.

Por si eso no fuera ya raro, corre una leyenda sobre Eduardo. Hay quienes dicen que si por la noche le dejas un zapato estropeado en su tumba, la mañana siguiente lo encuentras reparado.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Dónde nos hicieron Papá y Mamá

La mamá de Andrés no lograba entender la obsesión de su hijo.

A menudo intentaba recordar cuándo empezó aquello, pero no conseguía ubicarlo en su memoria, simplemente un día pasó, y para aquel entonces, ya era demasiado tarde.

Magdalena, madre de Andrés y de dos niñas gemelas más -Alfonsa y Ángela-, se preguntaba qué había hecho mal para que su hijo desarrollara esa obsesión. Porqué aunque nadie se atrevía a debatir sobre esto, Magdalena lo sabía desde el primer día que aquello era otra más de las llamadas enfermedades humanas. "Ésas que hay en todas las familias" repetía siempre para así sentirse una madre mejor.

Obsesionados los padres con la obsesión de su hijo no se dieron cuenta que a las gemelas les pasaba algo raro. Tampoco recuerdan como empezó, demasiado trabajo tenían con su hijo mayor.

Aquella familia empezaba a parecer un tanto extraña. Mientras que el niño se pasaba horas y horas viendo como daba vueltas la lavadora y moviendo la cabeza circularmente; las niñas se habían obsesionado en bañarse varias veces al día.

Fueron a los mejores especialistas de aquella época y ninguno supo encontrar una explicación. Finalmente acudieron a un curandero quién no encontró solución pero intuyó la raíz de todo.

Papá y mamá se avergonzaron al recordar dónde concibieron a sus hijitos. Sin embargo, esta historia pasó hace muchos años y ya nadie se acuerda ni de Papá ni de mamá, y mucho menos de sus hijos obsesos.


martes, 30 de agosto de 2011

Antonio el fino

Se despertó con la señal de las sábanas en la mejilla. En la almohada aún se podían apreciar restos de baba. Por suerte, aquel día no le había caído el moco.

Antonio se definía como un tipo corriente, sin saber exactamente qué significaba aquella palabra. Vivía solo, sin animales de compañía ni plantas dependientes. Estaba soltero, era feo y le faltaba la punta del dedo meñique. Pero no por eso se consideraba alguien normal. La característica que le permitía mezclarse entre la muchedumbre y pasar desapercibido era otra: usaba colonia de mujer.

Antonio era un tipo feo pero fino. Le gustaba pintarse las uñas de los dedos (salvo del que le faltaba un trozo), peinarse hacia delante y después hacia atrás, colorearse el rostro y a veces, cuándo se sentía solo, feo y gordo, se ponía pendientes con imán.

Llegó un día en que Antonio ya no se despertó con la señal de las sábanas en la mejilla. Creo que fue a partir de ese día, sea por usar otro suavizante o tal vez porqué le creció una uña en el dedo amputado, que los vecinos le empezaron a llamar Antonia.


viernes, 19 de agosto de 2011

Parques peligrosos

Un hombre sudoroso con el pelo canoso deambulaba desnudo por el parque. En el tobogán había dos niños peleándose por ver quién se tiraba primero. Sus mamás, todas coquetas, estaban sentadas en un banco cotilleando sobre temas de mujeres. Tal era el nivel de chismeo que ni se percataron del hombre desnudo.

Al ver al hombre, los niños gritaron como si se fuera a acabar el mundo y corrieron hacia sus mamás. Las mujeres siguieron hablando e ignoraron cualquier bramido de sus pequeños rebeldes. El hombre se acercó a la fuente y empezó a lavarse sus partes, algunas con más insistencia que otras.

Era domingo, tocaba el sol en el parque y las palomas no dejaban de quejarse. El hombre canoso, desnudo y mojado se acercó a una de ellas y les dio una patada en el culo. Llegó la revolución. Niños llorando, madres hablando, pájaros volando y un hombre desnudo cagando.

Era otro domingo de agosto.


domingo, 7 de agosto de 2011

Viaje en bus

Se quedó con la barba a medias. Cuchilla rota, qué idiota. Camisa a cuadros, arrugada, mal planchada y con una mancha de chocolate. Pantalones a rallas y sombrero de copa.

El café se había enfriado y las pastas se las estaban comiendo las moscas. Se lo bebió y echó las pastas por el balcón. Con un poco de suerte caerían en la cabeza de algún guiri.

En la parada del autobús había una mujer gorda que ocupaba todo el banco. Se quedó de pie. Tenía pis y el autobús llegaba tarde. Al subirse en el 23 se dio cuenta que se había equivocado de dirección. Se bajó.

Esta vez era el bueno, y afortunadamente estaba menos lleno. Se sentó al lado de un señor con pipa y se durmió en su hombro. El nivel de relajación era tan alto que se acomodó demasiado. Se meó encima.

Tenía el culo empapado, pero estaba cómodo. Llegó su parada y no se bajó. Después de una hora el autobús llegó a su destino. Sólo quedaban dos personas: el señor de la pipa y el del meado.

El conductor abrió todas la puertas y el de la camisa a cuadros, arrugada, con una mancha de chocolate y con el culo mojado se levantó y se bajó. El otro se quedó quieto, con la cabeza apoyada en la ventana. Demasiado frío como para seguir vivo.



miércoles, 3 de agosto de 2011

Cena enfriada

Hay una vela de hierro que se consume en medio de la mesa.

El mantel está bien puesto, ninguna arruga, ninguna mancha de vino negro. Platos cuadrados, copas redondas y cubiertos de plástico. Los invitados no tardarán en llegar.

El sol se refleja en el mar creando una capa más roja que la de Superman. Anochece temprano, hoy alguien quiere que se acabe el día ya. La brisa marina llega hasta la mesa y mueve el mantel ligeramente. La comida se enfría.

La mesa y la sillas se hunden en la arena. Se va el sol. Se va la luz. Nadie llega.

Y apago la vela.