miércoles, 11 de mayo de 2016

Dora, la curiosa exploradora, y Arnaldo, quien le enseñó a navegar

- Sin duda alguna, es un pulpo - certificó Arnaldo.
- Como tengo que decírtelo, ¿no ves la forma que tiene, su cabeza alargada? Es un calamar. Y no quiero discutirlo más. - añadió Dora alzando la voz.

La habitación se apoderó del silencio. Ni el ruido del exterior conseguía cruzar la pared. Los ojos de Arnaldo brillaban en la esquina norte. El sol había decaído tanto que conseguía cortar el cuerpo de Arnaldo en dos: el de la luz y el de la oscuridad. Una división que conforme pasaban los minutos se iba evidenciando: una parte de Arnaldo se estaba consumiendo.

En la cama tumbada, Dora se había quedado. Apoderándose de las sábanas revueltas que cubrían levemente su trasero mientras dejaba sus dos pechos explosivos a la vista, exponiéndolos sin temor ninguno delante de la pantalla del portátil. El brillo de los ojos de Arnaldo era tan triste que Dora lo ignoró. Ella seguía sumergida en el mundo de los Cefalópodos.

Consumida por la curiosidad, Dora continuaba obsesivamente buscando información sobre los calamares gigantes. Arnaldo la había puesto a prueba. Sabía de sobras la diferencia entre un calamar y un pulpo. Él sabía como habían llegado hasta aquí, se lo había buscado. Dora se había dejado llevar sin darse cuenta. Arnaldo la alimentaba con preguntas sin respuesta y ella las aceptaba como cuando un pollito, sin saber por qué e instintivamente, abre la boca para coger la comida de su mamá.

Su casa estaba llena de libros, había tantos libros que habían tenido que sacar los muebles para que entraran todos. Las estanterías eran libros sobre libros. El sofá estaba hecho de libros, la mesa y las sillas tampoco eran una excepción. Las cortinas eran columnas del periódico. Las paredes por supuesto estaban empapeladas.

La curiosidad había retroalimentando la mente de Dora hasta el punto de convertirse en una obsesión que les consumía a los dos. Al principio, a Arnaldo le ilusionaba la conexión que mantenían, ese hilo que les conectaba desde lo invisible hasta al infinito. Un hilo que se sostenía en la mente de la pareja. Un hilo fino y resistente, aunque no lo suficiente fuerte como para poderte agarrar en la oscuridad.

El juego de las preguntas al principio tenía gracia. Les divertía. Pero con el tiempo a Dora le cambió el humor, la obsesionó por el saber más que nadie. Como más sabía, más quería aprender. Y para Arnaldo, las preguntas nunca se acababan. 

Arnaldo la quiso poner a prueba una última vez para observar desde su situación privilegiada como Dora se desvanecía en un mundo paralelo. En silencio. Estaba llegando el crepúsculo. En silencio. Arnaldo estaba prácticamente en la oscuridad. En silencio. Ni el ruido del exterior conseguía cruzar la pared. En silencio. Dora seguía con el culo tapado por unas sábanas revueltas y los pechos al aire. En silencio.

En silencio hasta que el ruido de un hilo invisible rompiéndose lo desvaneció. 

Dora levantó los ojos de la pantalla del ordenador, situando rápidamente su campo de visión sobre la esquina norte donde Arnaldo ya no estaba.

Nota de Jubilee, 20:43 del 11.04.16. Dora la exploradora y Arnaldo el de las preguntas, historia escuchada en la tienda de María por boca de dos mujeres que esperaban para se despachadas.

martes, 19 de enero de 2016

María la de la leche

A María la de la leche le llamaban así porqué vendía leche, aunque quién le puso el mote lo hizo por su carácter fuerte, a veces agrio. En la tienda nadie se atrevía a desafiarla, así pues, la razón la tenía siempre. Si el vaso era de 200ml, tenía un precio fijo, aunque nunca te lo llenara hasta arriba. Pero esto nadie se lo discutía. Para los que traían las botellas de su casa, María les sonreía amablemente aunque siempre usaba su medidor, no fuese caso que entrase una gota de más. Esto iba en contra del negocio.

A las vacas, las cabras y las ovejas, nunca nadie las había visto. Aunque nadie discernía sobre el buen sabor que tenía la leche de María, viniesen de donde viniesen. En la tienda podías encontrar leche de todas clases. Para los más clásicos y salvajes había de vaca, oveja y cabra. Todas ellas eran combinables entre si. También ofrecía -aunque sin mucha demanda- la vertiente vegetal con leche de almendras, soja, avena, nueces, arroz, avena y anacardo.

La virtud de María la de la leche iba más allá de producir leche. En cuanto una persona entraba por la puerta María reconocía qué leche necesitaba. Fascinados los extranjeros por la capacidad de desnudar sus propias mentes, se dejaban guiar por María quien conseguía además venderles el jabón.

El jabón no era más que leche sólida. Sin embargo, no era comestible. No importaba que no lo necesitaras, María la de la leche conseguía vendértelo. El jabón iba por peso. Por peso y por tiempo. El tiempo que tardaba María la de la leche en calcular cuantas pesas tenía que poner para nivelarlas con el jabón. Pero la paciencia de los clientes parecía ser eterna.

El éxito de María llegó a ser tan grande que todo el mundo compraba leche y, de rebote, jabón. Por las mañanas las cocinas y las lavandería de las casas olían a leche caliente. En el pueblo no había nadie que no consumiese leche. Ni hubiese llevado nunca una pieza de ropa lavada con jabón de leche.

No se sabe exactamente qué día era cuando la leche de vaca se terminó. En el pueblo, algunos hablan de que fue después de lo de la tetería que abrió enfrente. Otras voces, murmuran que las vacas murieron por sobredosis, pues se dice que en parte se alimentaban de cannabis. En la panadería de Magdalena comentan que el día que la leche de vaca se terminó el pueblo estaba desesperado. Dicen que no fue solo porqué se acabó la leche de vaca, sino que esto desencadenó el fin de la de oveja y de cabra.

Nunca nadie había visto las vacas, las ovejas y las cabras. Pero todo el mundo bebía felizmente leche de ellas. Todo el mundo ignoraba la dieta de las vacas, las ovejas y las cabras. Pero nadie desconocía su adicción al cannabis.

María se compró una báscula digital, dejó de pesar el jabón y empezó a venderlo por tamaño. En la lechería, se empezó a medir la leche por peso. Es decir, a pesarla. Pues María la de la leche siempre decía que las almendras y la avena ocupaban diferente espacio. Los extranjeros ya no aceptaban el jabón tan fácilmente. Incluso había quien se atrevía a retar a María, desafiándole a que le rellenara la botella hasta el tapón.

Se comenta que en el pueblo se dejó de consumir leche animal. Pero en realidad nunca nadie supo si en realidad existieron las vacas, las cabras y las ovejas. Lo que si que se supo es que María la de la leche, además de elaborar leche, elaboraba, o más bien, cultivaba cannabis. Se desconoce totalmente su uso.

Nota de Jubilee, 20:30 del 19.01.16. Historia de cómo un pueblo ignorante dejó la adicción al cannabis.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Noche de navidad en Frkjäm

Una carretera recta sin cruces durante aproximadamente 3km conducía al pequeño pueblo de Frkjäm. Pocos coches transitaban por esa carretera de un único sentido, sin salida y que solo llevaba a una parte: a Frkjäm. Los pueblos son conglomeraciones de casas, familias y animales que viven en un rocambolesco mapa que nunca ha estado pensado para facilitar las comunicación. Los coches no tienen cabida, las telecomunicaciones son nulas y el bar es el centro de información. Los habitantes agradecen tener una carretera que cruce el pueblo, siempre que haya un banco bien situado que permita contemplar la escena y decir cada uno la suya. Sin embargo, si una carretera no cruza el pueblo sino que solo llega hasta él, el flujo de personas, coches y telecomunicaciones se reduce considerablemente. 

Nota de Jubilee, 10.35 del 28.02.13, Primera impresión de Frkjäm.

El ejército de pelirrojos vestidos con gorro de lana, jersey de cola de caballo y zapatos de payaso adictos al perfume de mujer, llegaron. Se desconoce si el gps se perdió. Existe el punto donde se va la cobertura. El coche continuó exactamente 1h y 12 minutos después de que nadie supiese dónde estaban y aún menos donde iban.

El banco como mobiliario seguía allí. El pueblo como conglomeración ni se movió de allí. La carretera sin cruces ni gasolineras llevó a los pelirrojos a Frkjäm. Era navidad. Alguien se había encargado de decorar las dos calles del pueblo con luces azules. En el bar se servía cena especial.

La puerta del bar se abrió. Cuatro individuos pelirrojos la atravesaron y cruzaron los 3 metros que separan la puerta de la barra. En el bar había 6 mesas, 4 de la cuales estaban vacías de personas, pero llenas de polvo. En una de ellas reposaba un vaso opaco que de vez en cuando lo acariciaba una mano peluda de un hombre que se ocultaba detrás de un sombrero verde. Verde como el moho que reposaba en el fondo de la taza de la mujer sentada dos metros más a la derecha. Nadie se acuerda que hubo en su interior.

Los cuatro pelirrojos fueron directos a la barra. Un hombre lentamente se acercó a preguntar: quieren algo? Cuatro whiskies, por favor- dijo el más bajo de ellos. El hombre de la mano peluda se sacó el sombrero. Su pelo tenía forma de sombrero. Focalizó rápidamente hacia la barra.

Hacía tanto tiempo que nadie había llegado a la ciudad, y mucho menos entrado en el bar que ni siquiera las palabras tenían voz. El hombre lento de detrás la barra empezó a sacar comida. Era navidad.  Los platos sobre la mesa se enganchaban. El polvo había creado una barrera antideslizante. La madera de la mesas había cambiado de color. El bar olía a sudor hasta que empezó a salir la comida y el ambiente dejo de enfriarse.

Las 9 de la noche. Una señora vestida con un camisón de franela abrió la puerta sigilosamente. Dos minutos después entró un hombre con un taca-taca a una velocidad espeluznante, venía para el postre. La puerto no se cerró. Dos gemelas vestidas cromáticamente igual llegaron. Un varón que parecía más joven que el resto se sentó al lado del hombre del cabello en forma de sombrero, y de las manos peludas. Llevaba un bolso de mujer de donde sacó un bola de cristal.

El hombre de detrás de la barra no paraba de sacar comida. La puerta seguía sin cerrarse. Las sillas empezaban a cambiar de posición mientras a su paso dejaban el suelo a topos. Entonces la puerta del baño se abrió. Una mujer con una pinta horrible y un acordeón salió de ella. Nadie sabe cuanto tiempo llevaba allí. El acordeón a penas sonaba. Pero el ruido de los cubiertos sobre los platos era tan fuerte que nadie se dio cuenta de lo desafinado que estaba el acordeón.

Los cuatro pelirrojos seguían sentados en su mesa cuadrada, mientras los 4 whiskies se convertían en aire. Observando la escena. Escuchando la escena. El más bajo de todos les hizo una señal, se levantó y los otros 3 le siguieron para abandonar sigilosamente el bar.

Era navidad. La noche era cálida, hecho raro. Subieron al coche. Salieron del pueblo por el mismo sitio por donde habían llegado, pues, no había más carretera. El banco como mobiliario seguía allí. Siguieron recto dejando atrás el cartel de Frkjäm hasta que llegaron al lugar donde horas antes perdieron la cobertura. La radio empezó a sonar con "After the fall" de Grant Nicholas. El pelirrojo bajo, el que pidió los whiskies, el que hizo el guiño, el que conducía, empezó a cantar. Los otros tres, simplemente, hicieron los coros mientras se alejaban de un pueblo que simplemente, no salía en los mapas.



Nota de Jubilee, 20.30 del 20.12.15, Segunda y última impresión de Frkjäm.


lunes, 11 de febrero de 2013

Alejandría


"Se venden reflejos deseados. Cristalería", esto es lo que se podía leer en la gran fachada, escrito en letras mayúsculas y ocupando gran parte de la planta baja. Era la tienda de Alejandro.

El trabajo de vendedor de deseos, tal como el pueblo lo conocía, no fue un trabajo buscado. En los años 20, el abuelo de Alejandro emprendió el oficio, siendo entonces una tienda novedosa, expectante y llena de leyendas e historias, que sin buscarlo atrajo a residentes, pasajeros y de vez en cuando algún despistado que buscaba un lugar donde confesar sus pecados.

Aquellos que conocían la historia y la tienda sabían bien que ser vendedor de deseos no era una cosa que cualquiera pudiese llegar a ser, es más, eso se llevaba en la sangre, se nacía, y por lo tanto, se pasaba de generación en generación.

Alejandro, el tercero de su especie, viudo, sin hijos y que compartía un ático sin ascensor con un perro ciego, había dedicado los últimos 15 años de su vida intentando vender realidades ilusas. Abogados, joyeros, basureros, enólogos, médicos, forenses, cocineros, astrónomos y cientos de perfiles diferentes habían pasado por su tienda en busca de una vida mejor. Una vida posible que podías conseguir en: "Alejandría: la tienda donde puedes conseguir lo que siempre has querido".

Hay pueblos donde la gente va por su excelente gastronomía, otros donde los viajeros se paran a contemplar las obras arquitectónicas, también hay pueblos donde los curiosos se acercan a conocer dónde han nacido o vivido grandes personajes famosos: actores, futbolistas o poetas. El pueblo de la Cristalería, sin embargo, no era como ninguno de los anteriores pueblos, no era bonito, no se comía bien (salvo en Casa Conchi) y ni siquiera nadie famoso había pasado nunca. 

Era un pueblo sin muchos coches, con la mayoría de calles sin alquitranar, con dos o tres comercios, sin Internet y donde el gallo servía de despertador para todos. Pero allí estaba la Cristalería, donde vendían toda clase de objetos hechos de cristal: tazas, copas, cuchillos, jarras, llaveros, etc.  Alejandro sabía que todos esos objetos estaban llenos de polvo, ya que hacía más de 15 años que estaban allí porqué nadie los había comprado. Servían para decorar, para llenar.

Sin embargo, la tienda era famosa por "la venta de los reflejos deseados". Todo el mundo quedaba asombrado de los poderes mágicos de aquellos espejos y de la capacidad de Alejandro. Nada más entrar por la puerta, él sabia cual era el problema del cliente, le hacía 4 preguntas para quedar bien y asegurar el tiro, y seguidamente le hacía pasar a la trastienda donde tenía una gran sala llena de espejos de todos los tamaños. Le indicaba que espejo era el más adecuado según su impresión y les decía siempre "Relájase y piense en lo que le gustaría ver. Le dejo solo. Vuelvo en 10 minutos." 

Mirarse en el espejo era como ver una película donde tú eras el director, guionista y actor.

Una vez escogido el espejo, Alejandro les enseñaba el catálogo de marcos y formas disponibles, aún así, había la posibilidad de personalizarlo pagando un plus. La Cristalería llegó a ser tan famosa que salía en la guía "le routard".

"Se _enden refl__os dese_dos. _rist_lería", esto es lo que hoy se podía leer en la gran fachada, escrito en letras mayúsculas y ocupando gran parte de la planta baja. Fue la tienda de Alejandro. El último de su generación. Su abuelo había visto nacer a su padre en esa misma tienda donde Alejandro murió la tarde del gran terremoto. Todo el pueblo se acordaba de aquel fatídico día. En Casa Conchi, las lentejas que tenía en el fuego acabaron por el suelo, pero eso no fue nada en comparación de lo que pasó en Alejandría. 

Las tazas, copas, cuchillos, jarras, llaveros y miles de objetos hechos de cristal empezaron a caerse como dagas voladoras. Alejandro estaba dentro, y lo que pasó en el interior fue como agitar una cajita de chinchetas a grande escala. Nadie lo vio.





jueves, 22 de noviembre de 2012

La ventana discreta

Eran las 8.06 de la mañana. Pilar se despertaba, ponía los pies en las zapatillas que había al lado de su cama. Se levantaba, suspiraba y pensaba que otro día igual le esperaba. Como cada día hacía la cama, se lavaba la cara, se vestía e iba a desayunar. Un vaso de leche, dos galletas maría y las pastillas que le había recetado su médico.

8.37 Pilar corría las cortinas del comedor, abría la ventana y salía al balcón a regar el jazmín, el geranio, las margaritas y un cactus inmortal.

Veinte minutos antes Ricardo había abierto el ojo izquierdo y a continuación el derecho. Había sacado la mano de entre las sábanas y palpando bruscamente en su mesilla de noche había dado con las gafas de vista. Ricardo se había puesto las gafas mientras se incorporaba de la cama poniendo al mismo tiempo los pies dentro de las zapatillas de andar por casa. Varios minutos había tardado en poder levantarse, ya que con el esfuerzo de encontrar las gafas, ya había consumido la mitad de su energía acumulada. 

Alrededor de las 8.25 bajaba a desayunar a la cocina -justo dos minutos más tarde que Pilar- y después de haberse aseado y haber perdido casi 5 minutos en bajar el tramo de 10 escalones que separaban el primer piso de la planta baja. Ricardo desayunaba una rebanada de pan con mantequilla y un poco de mermelada de tomate, un zumo de naranja y las pastillas que le había recetado su médico.

8.40. Pilar regaba las plantas. Ricardo se sentaba al sillón que había junto a la ventana del comedor y mientras se peinaba los cuatro pelos que le quedaban de su escasa cabellera, miraba por la ventana a Pilar.

Pilar llevaba el vestido verde de flores, un tanto cortito para una mujer de su edad, pensarían muchas. El aire del mar, cálido y húmedo, removía las banderolas de las fiestas que cubrían las calles del pueblo. Ese mismo aire cálido removía el vestido floreado de Pilar permitiendo que desde la casa de enfrente Ricardo pudiese verle las bragas negras.

Ricardo cogía el cuaderno y el lápiz y, como cada día, dibujaba a Pilar. Una mujer bellísima a pesar de su larga edad, sus arrugas le favorecían, y su media melena blanca le transmitían a Ricardo una extraña sensación de placer y paz al mismo tiempo. Aunque Ricardo no la pudiese tocar más que en sus bocetos, Pilar era su mujer.

Las plantas de Pilar y sus arrugas crecían al mismo tiempo que el suelo de la casa de Ricardo se llenaba de bocetos y de cabellos. El tiempo pasaba, los vestidos cambiaban a abrigos, los geranios perdían las flores y Ricardo cada día tardaba más en bajar las escaleras.

Un día, alrededor de las 8.25, como cada día, empezó a bajar las escaleras y de repente se tropezó, suerte que estuvo a tiempo de agarrarse a la barandilla y evitar lo que podría haber sido su final. Ese tropiezo provocó que Ricardo llegase un poco más tarde al sillón del comedor. Se sentó, y mientras se disponía a peinar lo que le quedaba de cabello, miró por la ventana. Miró el reloj de la pared. Volvió a mirar por la ventana. Miró el reloj de su bolsillo. Volvió a mirar por la ventana. Pilar no había salido a regar las plantas, ni siquiera había corrido las cortinas. 

Ricardo no tenía nada que dibujar. Ricardo se pasó todo el día mirando por la ventana, esperando que su musa saliese, pero no salió. Ni el día siguiente. Ni el otro. Ricardo se quedó sentado, esperando, mirando perdidamente el balcón de Pilar. Pero las cortinas no se corrieron nunca más.

Ricardo se quedó sentado, con el lápiz en la mano hasta que se le cayó.



sábado, 27 de octubre de 2012

La habitación del aire

Helio había cogido una cesta pequeña. Después de dar dos vueltas por el supermercado en busca del azúcar, se dirige finalmente a un trabajador de rasgos orientales y le pregunta por el azúcar. Al pasillo de la derecha al lado de los huevos, le contesta amablemente el chico. ¿cómo no lo había visto?

Helio sigue las instrucciones del asiático y se dirige hacia el azúcar. Una joven alta con mini falta se agacha delante de él para coger un paquete de azúcar. Visualmente una escena caliente. Helio se pone nervioso y se le caen las bolsas que lleva en la mano.

"Le ayudo señor" vocaliza la joven de la mini falta girándose hacía Helio. Perplejo, sin palabras, le dice que si queriendo decir que no. La joven sonríe y amablemente se agacha para recoger las bolsas mientras Helio aún embobado se queda mirando el escote. "Está bien señor?" Helio, perplejo, sin más palabras le dice que no queriendo decir que si.

La mujer, la joven de la mini falda, se arrima a Helio y suavemente coloca su mano en el hombro de Helio. "Necesita ayuda? Quiere que le acompañe a algún sitio?" pregunta la joven sin nombre. Y cordialmente añade "creo que le iría bien tomar el aire, acompáñeme". Y cogiéndole por la mano dulcemente le guía el camino a seguir. 

Pasan por el pasillo de los cereales, después por el de los zumos, seguidamente por el de la pasta, las neveras, los congeladores. Helio empieza a temblar. Y curiosamente se alejan de la cajas, por donde supuestamente deberían haber pasado para salir a la calle a tomar el aire. Helio no entiende porque no van hacía fuera, sino al contrario, se adentran en el supermercado, atravesando una puerta donde dice "prohibido el paso a toda persona aliena a esta empresa". Y debajo añadido en rotulador negro "solo personal autorizado". Y un poquito más abajo, Helio puede identificar un dibujo pequeñito de un pene.

Atraviesan un pasillo con poca luz, apenas dos luces de emergencia en la pared de la derecha. Helio piensa que quizás tengan una salida más rápida hacia la calle o quizás una sala para tomar el aire. La joven de la mini falda, que sigue agarrando la mano de Helio, se gira hacia él y con una mirada cómplice le sonríe antes de abrir una puerta.

La habitación del aire. Una habitación sin ventana, un sofá, una mesa con una silla y un lámpara de pie. Helio piensa que todo es muy surrealista. La joven de la mini falda cierra la puerta, mira el reloj, se desnuda y mira a Helio diciéndole que se apresure.

La habitación del aire se queda por momentos sin aire. 5 minutos de reloj los cuales Helio podría haber invertido cogiendo el azúcar, las patatas fritas, el zumo de tomate, los champiñones en conserva y el pan de molde. Pero en vez de esto está desnudo con una mujer en una sala de un supermercado.

El aire se termina y la mujer se viste rápidamente. "Sal por donde hemos entrado" dice la joven y sale por la puerta. Helio se queda un minuto observando la habitación y después sale. El supermercado sigue igual, pasa por el lado del trabajador de rasgos asiáticos quién le sonríe y misteriosamente le guiña el ojo. Helio sigue andando, cruza todo el supermercado, pasa por la puerta de "salida sin compra", se abrocha la chaqueta, respira hondo, mira la hora, mira hacia el cielo, pone las manos en los bolsillos del vaquero y empieza a andar. 

A los cuatro pasos se da cuenta que tiene un papel en el vaquero, lo saca y ve una nota que pone "Siempre que quieras en el pasillo del azúcar. Si no estoy allí pregunta al asiático por mi. F.".


jueves, 27 de septiembre de 2012

El intercambio

El cristal de la copa se rompió en mil pedazitos. Morgano pensó que había sido consecuencia de su estornudo. Pero Morgana sabía que había sido su abuelo, desde la otra habitación, quién le había dado fuerte con el taladro para intentar colgar el cuadro de Felipe VII. 

El estornudo de Morgano duró aquellos escasos segundos, inconexos con la realidad, pero suficientes para que un mosquito te pique. Aquella milésima de segundo en que todo se mueve, el vaso se derrama, la comida se te cae, o las palabras se te traban.

Pero el estornudo de Morgano no era lo más importante en aquella casa. El cuadro que estaba intentando colgar el abuelo tenía más de 100 años, era claramente una relíquia. Morgana pensaba como robarlo y venderlo al mercado negro sacando así una considerable suma de dinero que le permitira operarse lo pechos. Aumentarse alguna talla de más y satisfacer a Morgano que parecía haberse perdido en medio de un estornudo perpetuo.

Era evidente que la solución regía en el cuadro añejo. Morgana veía posible el intercambio que satisfacería esas manos de baloncesista, ya un poco viejas pero ociosas por poder agarrar de nuevo unos buenos balones.

Viernes por la noche. El abuelo descansaba su culo sobre el sofá verde del salón. Miraba la tele desapasionadamente. Con una mano sujetaba su cabeza que parecía no poder aguantarse por si sola; y con la otra movía el dedo índice sobre el mando a distancia de la tele, para hacer zapping o zappinguear, como solía decir.

Morgana aprovechó la situación para coger el cuadro de Felipe VII que se encontraba en la habitación contigua. 'Voy a casa Conchi un momento', dijo Morgana ya saliendo de casa. Morgano conocía bien que significaba la expresión "casa de Conchi", se trataba de una clave que tenían para decir que Morgana iba a vender alguna de las antigüedades del abuelo, altamente valoradas. Ese intercambio del cuadro no era el primero ni seria el último.

Morgano y Morgana, aquel matrimonio aparentemente normal, generoso por cuidar del abuelo, felices y sin hijos. Un matrimonio unido, que conjuntamente habían creado aquella perfecta apariencia: unos cuerpos perfectos, una casa de ensueño, un yate, un descapotable, vacaciones anuales, una casa de campo, otra en la montaña, un perro, un gato, y decenas de objetos lujosos que habían conseguido gracias al "intercambio".

Un intercambio que se daba progresivamente, a medida que el abuelo -dueño de todas aquellas relíquias- iba perdiendo memoria, o dicho de otro modo, se iba perdiendo en su enfermedad terminal.


sábado, 14 de abril de 2012

Coincidencias apestosas

Cada día que Virginia Bolos sacaba a pasear a Mula, su perra Cocker Spaniel de 2 años y medio, un pájaro se cagaba en su cabeza. Pasó una semana y Virginia se planteó salir un minuto más tarde para que la mierda cayese antes, y en vez de pisar la mierda a ella, que fuese ella quién pisase a la mierda.

De ese modo, siguiendo su propia teoría, el día siguiente salió un minuto más tarde, y el pájaro lo volvió a hacer. Virginia pensó que quizás un minuto era poco tiempo, y el día siguiente salió dos minutos más tarde de lo habitual. El pájaro lo volvió a hacer.

Parecía que a medida que se acercaba el verano, que el sol se ponía un minuto más tarde, el pájaro -quién tenía marcado un horario solar para hacer sus necesidades- también lo "ponía" un minuto después. Pero esto, Virginia no lo sabía. Ella pensaba que era el azar quién destinaba esa mierda en su cabeza, o que era más bien una cuestión de gustos, de los gustos de los pájaros. Pensaba que su cabeza les gustaba, 'quizás sea el champú. Mañana compraré otro', dijo mientras subía el ascensor.

La mañana siguiente, Virginia volvió a bajar un minuto más tarde que el día anterior, y justamente cuando iba a cruzar la calle para ir al supermercado a por su nuevo champú, un niño salió disparado detrás de una pelota y justo cuando se agachó para recogerla, un pájaro se le cagó en la nuca. Virginia observó el hecho desde la distancia y sin poder evitarlo una sonrisa enorme se dibujó en su cara, miró hacia el cielo y vio como el maldito pájaro se iba volando.

Ambos se acordarían toda la vida de aquel día, Virginia porqué no cambió de champú, y Miguel, el niño de la pelota, porqué sus amigos le pusieron el mote de Miguerda.



domingo, 11 de marzo de 2012

El círculo perfecto

Diana nació un día de luna llena, hecho que, según sus padres, condicionó su vida desde el primer momento. Quizás no podamos decir desde el primer momento, ya qué su criterio no lo pudo imponer hasta que no aprendió a coger las cosas con las manos y seleccionarlas.

Ese criterio selectivo se acentuó a partir de ese momento en que su culo empezó a despegarse del suelo por voluntad propia. Indudablemente fue un gran paso, no solo para ella, sino también para sus padres, orgullosos de cualquier acto de progreso por parte de Diana.El poder andar le proporcionó un gran abanico de objetos nuevos. Ese lujo de poder acceder a los cajones superiores, inspeccionar dentro de ellos y encontrar lo que buscaba.

Hoy, por primera vez desde que se conocen, Juan se ha dado cuenta de aquello que sus padres se percataron cuando Diana era pequeña. Ha sido exactamente en el momento que Diana le ha servido el almuerzo: un plato con guisantes, un huevo perfectamente redondo y cuatro bolitas de sobrasada amasadas por la propia Diana, que con el paso por el microondas se habían desecho dejando un buenísimo jugo que Juan iba a mojar en breves con su pan, evidentemente, redondo.

Mientras Juan estaba observando el plato, Diana seguía lavando los platos de espaldas a él. Justo las 14.00 cuando Juan ha visto que la harmonía del plato que se iba a comer no era pura casualidad. Diana era una mujer de una belleza incalculable que eclipsó a Juan desde el primer día que se conocieron, y eso había hecho que Juan no se diera cuenta de todo lo que le rodeaba.

14.01. Apenas ha tardado un minuto en darse cuenta que casi toda la cocina estaba compuesta por objetos circulares. La mesa, las sillas, los platos. Juan se sentía tonto, ni siquiera se había dado cuenta que tenían una nevera redonda. Tenía delante un plato que olía muy bien, y justo enfrente una mujer a la que quería muchísimo, no quería ni imaginar cuantas sorpresas podía encontrar al cruzar la puerta de la cocina y adentrarse en el salón. Ni imaginar cuantas más cosas en forma de círculo había en su dormitorio además de la cama en la que habían hecho el amor miles de veces, y que justamente ahora se daba cuenta que, sí, era redonda.

Quizás solo fue una coincidencia que Diana naciera en luna llena y que sus padres decidieron darle ese nombre tan redondo, indudablemente dieron en la diana. Pero Juan estaba hambriento, tenía mala puntería, y precisamente esta mañana no ha querido arriesgarse a hablar y romper ese círculo tan perfecto en el que vivía.



martes, 14 de febrero de 2012

Los tesoros de Marco

Todos los juguetes de Marco estaban fuera de su sitio. Pero cuál era el buen sitio? Según su padre en el baúl, según su madre en el cubo de plástico y según su hermano pequeño en el suelo de la habitación. Quizás por eso Marco los escondía en los lugares más insólitos de la casa.

A menudo se escuchaban gritos de su madre al encontrar una araña en un cajón, un dinosaurio en el congelador, Spidermans colgando de las lámparas, entre otros. La incertidumbre de encontrarse un ser inanimado en el sitio menos esperado le ponía bastante de los nervios a la mamá. Pero por lo menos los juguetes no estaban tirados por el suelo, pensaba, y el niño, si más no, estaba entretenido.

No era Marco Polo, pero su afán explorador le llevó a dibujar un mapa de su casa donde decía exactamente dónde estaba cada juguete y el día que lo había escondido. Con una cruz marcaba los que aún estaban por encontrar, con un círculo los que había encontrado mamá y con un cuadrado los de papá (de esos había pocos).

En los años, aquella casa se convirtió en una gran casa del tesoro. Había juguetes escondidos en sitios inimaginables y que quizás nadie nunca llegaría a encontrar. Llegó un momento que a mamá ya no le extrañaba encontrarse un playmobil dentro del azúcar o un barquito en la cisterna del water.

Aquello era normal en casa de los Leopoldo Maltés. Era tan normal que Marco organizaba actividades para sus amigos, para pasar la tarde, donde había que encontrar diferentes objetos con un tiempo limitado y dónde el ganador se llevaba lo encontrado. Había colas larguísimas de niños que querían entrar. Todo el mundo quería ser amigo de Marco.

Dicen los vecinos que había tantos juguetes escondidos que cuando Marco terminó la universidad aún iban niños, y no tan niños, a jugar. Algunos de los privilegiados cuentan que iban por curiosidad, otros por las reliquias que podían encontrarse, algunas de coleccionista, y otros aseguran que iban por las magdalenas que preparaba su mamá.



martes, 7 de febrero de 2012

Zumo de tomate sin color

Aún no habían tocado las 4 de la tarde, era un lunes festivo y estaba lloviendo a bots i a barrals que dicen los catalanes. La tele apestaba más que el pienso del perro.

Estaba solo porqué era un cabrón y se lo merecía (eso lo digo yo, porqué él no se había dado cuenta). Y no había nada que le diera más placer que joder a la gente. Él era así. Un hombre de pocas palabras pero con las ideas muy claras. Era difícil de convencer, para qué engañarnos.

Cuándo llovía, le gustaba ver películas de Charles Chaplin y mientras tanto beber zumo de tomate. Lloraba fácilmente. También bebía mucho zumo de tomate. Y además se sabía todas las películas mudas de memoria. Le gustaban. Le encantaban, porqué nadie hablaba. Eran su reflejo más claro, tan claro que ni siquiera tenían color.

No se sabe exactamente si era la persona más sola del mundo, porqué en su casa vivían miles de bichos. Algunos de ellos parecían especies nacidas para vivir allí, salidas de entre restos de zumos de tomate, olor a tabaco y sudor humano.

Todo el mundo atribuyó su muerte al diluvio que cayó durante 20 días, hecho por el que según mi parecer debía de haber estado preparado. En su despensa había más Tetra briks de zumo que en el supermercado de la esquina. Su estantería estaba llena de VHS mudos. Todo perfecto para una larga sesión de lluvia.

Se lo encontró la limpiadora de la escalera una tarde que llovía a cántaros, que dicen los castellanos. La peste a podrido se olía desde el rellano y mezclado con el olor de lluvia no era precisamente cocido de la abuela. El estado de la casa era deplorable, los bichos se habían apoderado de ella y de ello.

Estaba aparentemente solo. Estuvo siempre solo, pero nadie supo si su soledad fue interior. Ni siquiera lo supe yo.



martes, 10 de enero de 2012

Plantas medicinales

- Si te regalo una planta es para que la cuides, no para que la descuartices y enganches sus hojas una a una en la pared. Para esto hay una cosa que se llama papel, sabes? Para empapelar la pared. Hubiera sido menos ofensivo para mí.

Inés asintió con la cabeza y, sin darle más importancia a las palabras que acababa de decirle su hijo Víctor, siguió rompiendo la planta. Víctor sabía que aquello no tenia solución y suspiró tan fuerte que desordenó las hojas muertas de la mesa. Pero mamá trabajaba de forma tan sistematizada que las reordenó en un abrir y cerrar de ojos.

La muerte del padre de Víctor dejó a Inés muy hundida. El psicólogo explicó que Inés cayó en una gran depresión, pero sus hijos discernían con el diagnóstico. Para ellos mamá se había vuelto loca, no había más. Y la prueba más clara se dio el día que empezó a descuartizar todas las flores de la floristería familiar. Cerraron la tienda y desde aquel día que mamá no habla.

Víctor le regala flores porqué sabe que le gustan y así deja de llorar, pero le disgusta que las rompa. Probó con plantas de plástico pero Inés las quemaba y la casa olía fatal. Así que cada lunes Víctor le lleva una planta o unas flores a su madre.

Víctor se sentía tan mal que un día decidió ayudarla a empapelar la habitación. Empezaron por la de matrimonio, después vino el salón, el baño, la terraza... Se les fue de las manos.

Ese fue el día que empezaron a crecer raíces en la casa de los Fernández. Saben esas casas en las que apenas se ve la fachada porqué están forradas de plantas. Esa era una de ellas.



sábado, 24 de diciembre de 2011

Un cojín para olvidar

Sudado tenía el culo después de tantas horas sentada en la silla de madera. Esa sensación desagradable de como haberse meado encima y tener la necesidad de tocarse el culo para comprobarlo. Marta realizó la acción y de ese modo se despistó de tal forma que anotó tres más ocho igual a diez.

Metro setenta y tres, delgada, guapa, con un pelo brillante, ganadora del concurso de belleza de su pueblo natal, quién iba a pensar que podía equivocarse en una suma tan simple. Esa chica de la suerte a la que todo le salía siempre bien, ese día se equivocó.

Al frutero de la esquina le dará igual si en vez de once gramos son diez, pero a la cobaya de Pilar no le dio igual. Todos sabían que la culpa fue de Marta, esa dosis mal contada acabó con la corta vida de aquel dulce animalito de Pilar. Pero nadie se lo echó en cara, demasiado duro fue para la pobre Marta, y en vez de hacer que se sintiera peor optaron por ponerle un cojín a la silla de madera.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Experimento involuntario

Marcelo era húerfano, sus papás murieron en un accidente de avión cuando volvían de las Bahamas. A Marcelo se lo contó su abuela Carmen el verano pasado ya que por aquel entonces sólo tenía 1 año y apenas se enteró.

Carmen era una mujer joven para que le llamasen "la abuela". Su joven rostro, embalsamado a diario con todo tipo de potingues, y su vestimenta de treintañera ocasionaron más de una vez dudas sobre el parentesco con Marcelo.

El día de su cuarto cumpleaños recibió un regalo. Era un paquete pequeño del tamaño de una cajita de cerillas. Marcelo lo abrió y encontró un objeto que bautizó como una Oreo que no se podía comer. La abuela le explicó que era un yo-yo, un juguete muy antiguo, y le mostró su mecanismo. El niño se quedó boquiabierto y repitió el movimiento sin obtener resultado.

Cuando aprendió, cambió el hilo por uno de más largo y se dedicó a jugar en el balcón despistando así a la gente de la calle. Justamente le vio Pablo, el niño del piso de enfrente y le pidió a su madre que le comprara uno para poder hacer lo mismo. En una semana ya había 20 niños en una sola calle jugando en los balcones con el yo-yo. En un mes centenares. Y en verano ya no había niño sin yo-yo.

Nadie sabía por qué lo hacían, simplemente vieron al de delante y lo imitaron. Nadie sabía con certeza quién lo inventó pero todo el mundo creía que fue el vecino de enfrente. Ni siquiera Marcelo se dio cuenta del impacto de sus acciones.




martes, 22 de noviembre de 2011

El encuadre perdido

El objetivo de la cámara proyectaba una imagen que no coincidía con la imagen reflejada en el ojo bizco de Guillermo.

Y ahora, vendría el momento en que les cuento toda la historia, qué vi reflejado en el ojo de Guillermo y que proyectó realmente la cámara. O quizás les hablo de algo que no tiene nada que ver con Guillermo, la cámara y el ojo. Pero como siempre soy yo quién os da toda la historia hecha y apenas tenéis que pensar, hoy se acaba aquí, búsquense la vida señores. Imaginen algo. Bonito, feo. Lo que quieran. Pero imaginen algo.

martes, 15 de noviembre de 2011

Los que pueden volar

Llegó ese día en que a Carlos le empezó a costar encontrar respuestas a las preguntas de su hijo. No es culpa mía, pensaba Carlos. Creo que soy suficientemente listo como para poder responder cualquier pregunta que pueda plantearme un mocoso de 4 años.
No fue cosa de una sola pregunta lo que le hizo pararse a pensar eso, sino que fue más bien una serie de acontecimientos, cuestiones y actitudes que culminaron con la duda que colmó el vaso.

"Papá, por qué los caracoles no vuelan?". Carlos sabía que los caracoles no volaban porqué no tenían alas, así que le contestó a su hijo eso. "Pues, porqué no tienen alas, hijo". "Y por qué no tienen alas? Yo no tengo alas, por eso no puedo volar? Por qué esa paloma tiene alas? Porqué ella puede volar?" Carlos le contestó que todo el mundo podía volar, de una u otra forma todos conseguíamos volar.

- Y la gente que se muere va al cielo volando?, preguntó el niño.
- Si, allí van, por eso todos volamos, contestó Carlos.
- Entonces ya sé que quiero ser de grande, dijo el niño.
- Qué quieres ser, hijo?
- Quiero ser piloto, para poder ir al cielo y decirle al abuelo que vuelva a casa. Él solo sabe volar, tendremos que enseñarle a andar no?



viernes, 21 de octubre de 2011

Las migas que se comió el pájaro azul

Encara no t'estimo li va dir en Jan a la Núria.
El vent feia ondejar les estovalles de paper, i les molles queien a poc a poc com si ballessin al compàs d'unes de les millors melodies de Bach.

Aún no te quiero le dijo Jan a Nuria.
El viento hacía ondear el mantel de papel, las migas iban cayendo moderadamente como si estubieran bailando al compás de una de las mejores melodías de Bach,

Y nada podía cambiar, él se había sentado en el sillón, como semanas atrás lo hizo su abuelo horas antes de morir. No sabía por qué Nuria le había convocado en aquel sillón, sencillo y húmedo por la infernal lluvia de aquella supuesta noche de otoño que no acababa de llegar.

El reloj no marcaba la hora, porqué ya nada la podía marcar. El fuerte viento, la lluvia y el temor a quedarse atascado en el barro superaban las expectativas del pajarito azul.

Y entonces fue cuando él iba a explicárselo. Pero el sol se levantó entre él y el sueño de creer que ese sueño hubiera podido ser realidad.



miércoles, 12 de octubre de 2011

Félix y sus amigos

El reloj de Félix Joaquín Sagrado seguía parado a las 4 de la tarde, pero todo el bar sabía que eran cerca de las 9 de la noche.

En el barrio todo el mundo le conocía por el loco de las corbatas. El lunes siempre tocaba la verde, pero hoy era jueves y llevaba una a rallas azules. Estaba sentado en la barra tomándose un batido de chocolate.

Se puso la mano en el bolsillo buscando calderilla. Abrió la mano y solo encontró ochenta céntimos, un papel de chicle, un palillo y un poco de pelusa del pantalón. Su cara no fue precisamente de satisfacción, pero ni siquiera él sabía que estaba buscando.

Ni se acordaba cuantas horas llevaba sentado en aquel taburete, se le había dormido hasta el culo. Pero aún le quedaba cuerda para rato. Su amigo no hablaba demasiado, o quizás era que Félix Joaquín no le dejaba hablar. A veces se pasaba horas palabreando sin llegar a ningún sitio hasta que venía Paquita a recogerlo.

Ella lo cogía por la espalda sin decir nada. A veces, Félix Joaquín rechistaba diciendo "espera que me despida de mi amigo Raúl". A veces Raúl, a veces José, pero a Paquita le daba lo mismo, todos eran iguales. Ella se esperaba, en ocasiones 2 minutos, en otras 1o, lo que hiciera falta. Ella se esperaba a que su marido privilegiado se despidiera del amigo que solo él podía ver.

A él le conocían como el loco de las corbatas, a ella por ser la mujer más cuerda del pueblo.



martes, 27 de septiembre de 2011

Callar por no hablar

Ya volvían a dormir juntos. La verdad es que era una cosa de la que nunca habían hablado, pero pasó y ahora les daba más miedo afrontarla.

Lo hacían casi siempre, se emborrachaban y después acababan acostándose sin planteárselo. A los dos les iba ese rollo, nada serio, sin compromisos. Los dos buscaban lo mismo, mutuo placer. Y era por eso que les iba bien.

Les daba miedo hablar de la relación, les daba miedo el futuro. Pero el futuro se convirtió en presente y el presente en pasado. Y pasaron los años tumbados en camas, alfombras y sofás de piel hasta que un día murieron.

Pasó tanto tiempo que murieron de vejez y se fueron sin haberse dicho que se amaban.

Él era un hombre y ella una mujer.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Cosas de niños

Federico tenía una canica. Era la última que le quedaba después de haber perdido todas sus canicas en el patio del colegio. No las perdió jugando. Él era un niño muy reservado, nunca le había gustado jugar.

Todo pasó antes de que sonara el timbre.

Alicia tenía una Barbie. No era ni la primera ni la última que tendría. Ella era una niña muy dulce, aunque nunca le habían gustado los dulces. A sus 7 años se encontró con Federico.

Él era un niño muy nervioso y perdió los nervios. Alicia era muy guapa, de grande seguro que sería modelo. Fue aquel 5 de enero cuando, en medio de esa lluvia húmeda, se conocieron. Él corría con los bolsillos llenos de canicas, ella peinaba a su Barbie.

El niño no es que no llevara gafas, porqué de ver, veía bien. Fue más porqué iba mirando hacia atrás, y por eso chocaron. Aquello no fue un amor a primera vista, porqué Federico a penas la pudo mirar. Todas sus canicas cayeron en el patio, y el niño que le perseguía se apropió de ellas descaradamente.

Federico se quedó perplejo y solo supo decir "pe per dón". Y siguió caminando con la única canica que le había quedado.

Años más tarde cuando se acostaron por primera vez Alicia ni se acordaba de aquel día.